19 de abril de 2010

Está lloviendo. Lo sé porque oigo desde mi ventana cómo chocan las gotas contra el suelo. Estoy tumbada en la cama, bajo el edredón, sin saber muy bien qué hacer.

Imagino el mar cubierto de nubes de un gris clarito, mientras estoy en una terraza cubierta por un toldo en el paseo marítimo, tomando una cerveza muy fría. Este pequeño regalo del cielo disminuye el calor del ambiente, y se está bien. Va a ráfagas, a veces llueve mucho y a veces apenas caen cuatro gotas. Es relajante escucharlo. Hace bastante viento, que se suma a la suave brisa del mar, y trae olor a salado y a vida. Cierro los ojos y espero que hayas cogido paraguas, y que no te retrases mucho más. Sigo observando las olas y oigo su constante murmullo, mientras el viento me despeina cada vez más, aunque no me importa. Unos minutos más tarde, veo que apareces tras una esquina y enfilas el paseo hacia mí. Hemos venido juntos de vacaciones, y nos separamos hace un par de horas porque querías ir a comprar algunas cosas y yo quería descansar. Pero ya te echo de menos. Cuando estás a unos pasos me sonríes delicadamente, como cuando intentas hacerte perdonar por llegar tarde, y lo consigues. Al fin te sientas a mi lado y me abrazas.


...
¿Y me abrazas? ¿Dónde estás?
He abierto los ojos y sigo tumbada en la cama. No oigo nada: la lluvia ha cesado. Estoy sola, como de costumbre. Hace meses que no estás. Hay una foto tuya sobre mi mesita, vuelta boca abajo... Perdóname, a veces no consigo mirarte la cara y verte sonreír y aguantar que no sigues aquí. 
Te perdí en aquellas vacaciones. Tras sentarte a mi lado, pediste otra cerveza para ti. Mientras la tomabas la lluvia cesó, y cuando nos fuimos quisiste acercarte al mar. Te empeñaste en trepar por las rocas del espigón donde siempre hay pescadores. Pero ahora no. El viento es demasiado fuerte, es peligroso estar ahí. Y tú sigues empeñado en subir, no haces caso de mis ruegos. Finalmente llegas a una de las rocas más altas, tienes el mar bajo tus pies y abres los brazos. Yo estoy unos metros por detrás, sigo pidiéndote que pares y que vuelvas. Giras la cabeza, me sonríes y me dices que no pasa nada, que es una sensación magnífica. Aun no has acabado de decir la última palabra, y todo ha cambiado. Una ráfaga de viento ha hecho que pierdas el equilibrio y te has precipitado hacia las rocas. Voy corriendo, me da igual el viento y lo que pueda pasarme. Tu cuerpo inerte se encuentra sobre una roca, abajo, y las olas lo agitan lentamente. Bajo a buscarte, casi resbalando, corriendo el riesgo de sufrir la misma suerte que tú. Algunas personas se han acercado desde el paseo marítimo y oigo que vienen hacia aquí. Por fin llego a ti, te doy la vuelta. Tu cara... No consigo recordar tu cara. Sólo sé que no respirabas. 
La mancha de sangre que bailaba en el agua me rompió por dentro para siempre.



14 de abril de 2010


"Y no sé qué pasó ni cómo, pero gracias a Dios o a lo que mierda fuera, la angustia se transformó en dolor, y con mucho esfuerzo más logré que el dolor se convirtiera en tristeza, y después de muchos meses pude despertarme un día sin sentir que me faltabas y estaba todo bien."

5 de abril de 2010

Último día antes de volver a la rutina. Deberes, trabajos que tendría que haber hecho, amontonados sobre el escritorio. Estudiando con música melódica a volumen bajo. Descanso unos minutos, escribo esto y vuelvo a coger el boli. 

Hoy he dormido 12 horas. Es más de lo que dormiré mañana y pasado juntos.

¡No quiero volveeeeer!