30 de mayo de 2011

Tengo a la razón bajo arresto domiciliario. Tengo una voluntad venida a menos. Quiero un cambio que refleje lo que siento y no sé entender.
No hay respuesta a las preguntas que me hago y no encuentro una razón para dejar de hacerlas, subestimando mi experiencia. Decepción tras decepción, lo único que vale es el final de cada día, el recuento innecesario de los momentos en los que me siento libre.
Y, sin más, volver a casa hecha una sombra de mí misma que no sabe pensar ni ve lo que hay delante.

27 de mayo de 2011

Deja de intentar no dar pie a mis vicios
porque ambos sabemos que consigues lo contrario.
Como el que busca fortuna cantando en el metro
como cuando no sé qué digo
porque me has revuelto el alma tan deprisa
que no me ha dado tiempo a vaciarme
y se me viene encima el hambre de caricias
y yo, te lo aseguro, intento evitarlo pero no me sale.
Doy el pan de hoy y el de mañana
doy mi sangre y mi mirada
doy mi voz, mi palabra,
lo doy todo y no doy nada
por una sonrisa.
Crees que has decidido cómo es tu historia y que tienes el poder para decidir sin influencias. Piensas que a veces no te entiendo, y es así. Pero también piensas que te olvido cuando menos lo hago. Dices que no te comprendo, que no te escucho, que no te tengo en cuenta… A veces es así. A veces no entiendo por qué las cosas no salen bien; no te comprendo cuando un día me quieres y al siguiente me odias. No te escucho cuando repites mis defectos. No te tengo en cuenta si me obligas a no hacerlo.
Pero a pesar de todo estamos nosotros. Está el echarte de menos, nuestras tonterías y las risas. Y la sinceridad. Poder pensar contigo en voz alta sin miedo a ser juzgada. Y, aún así, seguir callándome cuando quiero decirte lo mucho que vales.

10 de mayo de 2011

4 de mayo de 2011

El hastío se apodera de mí una tarde de mayo en un tren. Aquí y allá veo, a lo lejos, cómo caen los rayos de esa nube entre gris y naranja que poco a poco tapa el cielo. Cuando bajo en mi estación, se empiezan a mojar las baldosas del suelo con pequeñas gotitas que no me molestan. En cuestión de dos minutos la ligera lluvia se convierte en tormenta primaveral y me veo obligada a refugiarme en la entrada de un parking. "Esto pasará en seguida", pienso. No puedo prever que estaré casi media hora en ese espacio que apenas me permite moverme sin mojarme a mí o a mi mochila.
Entonces empiezo a fijarme en mi entorno. En la acera de enfrente, un poco más arriba, hay una mujer con dos niños en un portal, refugiándose como yo de esta lluvia inesperada. La calzada es un espejo en el que se podría reflejar algo si no fuera por las continuas gotas que se precipitan contra él, que rebotan, que salpican. Millones de gotas que caen irregularmente, que se dejan empujar por el viento fuerte formando ráfagas que a veces me alcanzan incluso en mi refugio improvisado. El nivel del agua que fluye como un riachuelo bajo el escalón de la calzada cada vez es más grande y empieza a pasar por mi cabeza la idea de llamar y pedir ayuda.
Pero el ruido es hermoso. El repiqueteo de las gotas contra el suelo, contra el agua, contra los capós de los coches... Veo relámpagos a los que, pocos segundos más tarde, preceden los estallidos propios de los truenos, que se suceden unos a otros sin dejar que el silencio vuelva. Y yo, mientras pienso en el aquí y ahora, agradezco este momento de paz y a la vez intranquilidad, de ruido exterior y silencio interior...

3 de mayo de 2011

Prefiero morir vicioso y feliz a vivir limpio y aburrido. Prefiero encontrar una estrella en el fango a cuatro diamantes sobre un cristal. Prefiero que la estrella queme, sea fuego, a un tacto rezumante de frialdad. Prefiero besar el duro suelo veinte veces para llegar una sola vez a lo más alto a escalar poco a poco, sin caer nunca pero sin llegar jamás a la cima. Prefiero que me duela a que me traspase, que me haga daño a que me ignore. Prefiero sentir. Prefiero una noche oscura y bella, sucia y hermosa, a un montón de días claros que no me digan nada. Prefiero una cadena a un bozal. Prefiero quedarme en la cama todo el día pensando en mi vida a levantarme para pensar en la de otros. Prefiero un gato a un perro. Porque el gato te araña, es infiel, te ignora, se escapa, pero sabes que, a pesar de todo, no podría vivir sin ti. En cambio, el perro es tonto, no sabe nada, te obedece hasta el absurdo. Prefiero las mujeres gato a las mujeres perro, por las mismas razones. Prefiero el mar a la montaña. La vida es una noche tumbado en la playa, mirando las estrellas sin verlas, soñando despierto, dejando que la arena se cuele entre los dedos de mis pies, embriagado de todo. Y la noche, siempre la noche. Nunca la luz del sol. La noche es mágica. Me hace vivir, no pensar. Me pone en movimiento. Rompe mis esquemas. Prefiero las noches frescas de verano, andar con poca ropa, sentarme en el suelo y meterme algo de vida en el cuerpo. La mañana me sabe a dolor de cabeza. Me da sueño. Me quita las ganas de hablar. Me recuerda que soy mortal. Me recuerda que soy normal. La noche me hace único. Prefiero experimentar las cosas, aunque me hagan mal. Aunque me hiervan la sangre. Prefiero probarlo todo a morirme sin saber lo que me gusta. Y, más que nada, prefiero la vida que dan sus besos de caramelo y la suave caricia de su piel caliente.


Daniel Valdés