2 de noviembre de 2015

Y esas cosas que nunca dejan de rondarme la cabeza.
Cuántas almas al desnudo hemos olvidado con la pretensión de fortalecernos. Imagino.
Cuántas nubes han pasado sobre el desierto de tu olvido sin una gota de agua. Ningún verde para adornar tus fracasos.
Ninguna cereza coronando la tarta nupcial rellena de mentiras que tan cuidadosamente nos encargamos de destrozar.
Digamos que todo pasa por algo. Digamos que no fue en balde todo lo que quisimos regalarnos, que las prisas de la intención no nos arrebataron más que los semáforos en ámbar a los que no mirábamos dos veces.
Y vaya, si corrimos. Pero no sé si hacia o desde.
Solo sé por seguro que el camino que recorrimos ya no existe. Al menos no para nosotros.
Nosotros, que íbamos de vándalos rompiendo las señales; nosotros, sin discursos necesarios y, desde luego, sin más recursos que la ilusión corrompida que nos hizo extraviarnos tantas veces.
Qué bien sienta a veces recordarlo.
Cuánto sentido cobra todo al juntar las piezas cuando puedes respirar.
Cuando ya no te aprieta el corsé de la culpa.
Cuando eres libre al fin.

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